8 feb 2012

Estela en la penumbra

Él era la única razón para ir a esa clase. Él y solo él. Los demás protocolos de la sociedad que señalan que no eres nadie sin un título se diluyen entre sus labios cuando está ahí, impartiendo su clase. Tan inteligente, tan articulado, tan sereno. Tan él, mi profesor Nicolás. Pero si había algo que sublimaba hasta el más trágico de mis días era su perfume. Así, cuando pasaba al lado mío y me dejaba su estela de Hugo Boss, moría y volvía a nacer. Así, así de fácil.

Esa devoción –que no era nada académica- me hacía sortear cualquier obstáculo de esta urbe hipertensa. Llegar temprano y sentarme en ese primer pupitre era mandamiento. Pero ese día el destino, Dios, el universo, la fortuna o como ustedes plazcan llamarlo, me hizo llegar tarde. Sí claro, había una razón para ello.

Me extrañó no oír su voz desde el pasillo. Mis tacones repicaban en el eco eterno de las paredes mientras me apresuraba al salón. Entro por la puerta trasera y todo está oscuro. Allá al frente se ve un video. Ese día el profesor nos proyectaba un documental para enseñarnos no sé qué. Me senté en el último pupitre, la oposición diametral de mi asiento ese día sería mi perdición. Unos segundos después soltaría mi primer suspiro. No podía ver, en realidad, pero pude identificar su aroma pasar por mi lado. Se paró detrás de mí para velar que todos prestáramos atención.

La lentitud del documental, el aire acondicionado, el cansancio acumulado. Y mis párpados empezaron a flaquear. No sé si empecé a cabecear, pero eso rápidamente cambió cuando sentí un fuerte apretón en mi hombro izquierdo. Me asusté, pensé que Nicolás me iba a regañar. Cuando intenté voltear, otra mano firme sostuvo mi nuca. Un leve susurro en mi oído: “Sshh, solo cierra los ojos”.

Oscuridad total. Solo dos cosas habían ahí. Dos manos que empezaron a recorrerme y su estela en la penumbra. Estaba embriagada con su perfume. ¿Será que notó mi eterna cara de zorra en clase? ¿Será  que vio como me mordía los labios cuando se arremangaba la camisa? ¿Será que…? Pero entonces mis párpados se tensaron e interrumpieron mis pensamientos. Sus dedos, que habían empezado en mis hombros, rozaron mis senos sobre esa mínima blusita, llegaron a mis rodillas y se devolvieron, hasta el borde de mi minifalda. De súbito esas manos firmes abrieron mis piernas. Su mano izquierda se adentró en el precipicio de mis muslos y cuando tocó mi clítoris descubierto volvió a susurrarme: “¡Oh! Qué zorra eres”. La sutileza del murmullo escondía el timbre grueso de su voz, pero en ese momento me importaban más sus manos. Prosiguió. Cerré mis ojos de nuevo. Mordí mis labios sonriendo.

Su mano derecha subió por dentro de mi camisa y empezó a magrear mis senos. Era Nicolás, eran sus manos firmes, era su aroma. Sí, lo acepto, iba a su clase sin ropa interior. Sí lo acepto, iba en minifalda. Sí lo acepto, quería que me violara ahí en su escritorio. Pero la realidad terminó superando a la fantasía: todos estaban ahí, absortos, siendo testigos ciegos de mi propio placer. Sí, lo acepto, no tardé ni cinco segundos en mojarme. Sus dedos eran mi delirio, verlos siempre cómo agarraban el marcador en la pizarra. Ahora ahí, entre mis labios, resbalando por mis fluidos, apretando mi clítoris, apretando mis pezones, volviéndome loca.

Primero fue su dedo índice, e inmediatamente después se le sumó el dedo medio. Cuando los sentí en lo más profundo de mí, apreté mis labios. Su otra mano lo notó y me tapó la boca. Sus dedos empezaron a penetrarme como ningunos nunca lo habían hecho antes. Empecé a respirar aceleradamente, pero tratando de que nadie oyera. Era como estar en una cápsula de placer. Están ahí, pero nadie te ve, nadie te oye. Mi espalda se arqueó. El orgasmo no suele llegar tan fácil a mí, pero él era mi perdición. Apenas eso ocurrió puso en mis labios el costado de su mano. Entendí y la mordí. Así no gritaría.

Mis dientes se posaron en su piel. Mis manos apretaron los bordes del pupitre. Mi mandíbula apretó ligeramente su mano. Los dedos de mis pies se cerraron de golpe. Mis dientes se afincaron más. Un leve temblor recorrió mis muslos. Sus dedos me penetraban sin parar, empapados, lubricados, bañados de mí. Si apretaba un poco más mis párpados probablemente los borraba de mi rostro. Mis dientes cercenaban su piel. Apreté más mis manos sobre el pupitre. Sus dedos aumentaron la velocidad. Un tercer y último susurro: “acaba para mí, perra”. Y esas fueron las palabras mágicas. Todo mi cuerpo tembló. Mis ojos se abrían, se cerraban, se volvían a abrir. Me dolían las manos apretadas contra la madera. Cerré mis piernas, pero ya su mano izquierda no estaba entre mis muslos, tampoco en mi boca. Tiritaba, desde la planta del pie hasta el último cabello. Un orgasmo infinito recorría mi espina dorsal. No podía enderezar mi espalda. ¡Dios! Este hombre es mi perdición.

Pero abruptamente tuve que componerme. El documental terminó, la luz se prendió y su voz seca volvió a dominar el recinto: “lo que acabamos de ver es una muestra de…” Y ahí, ahí, tratando de contener mi cuerpo, fue cuando el placer se mezcló con el pánico. Él no estaba parado detrás de mí. No había nadie ahí detrás de mí. ¿Me quedé dormida?, ¿estaba alucinando? Lo deseo, sí, pero no para volverme así de loca. Empecé a recoger mis cosas. Todos empezaron a salir. Estaba atónita, no entendía qué me había ocurrido. Cuando volví a sentir pasar la estela de Hugo Boss por mi lado, pero no era Nicolás. Volteé a la entrada del salón. Ahí estaba Cecilia, la que me pretendía desde el primer día. Pero no, yo no soy lesbiana. No me gustan las mujeres. Me miró con desenfado. Olfateó con perversión sus dedos índice y medio, sonrió con maldad y se los chupó completos. Me picó el ojo y salió del salón.

1 comentario:

  1. Me encantó la historia pero hubiese preferido que fuera el profesor... Toda una fantasía universitaria... Este autor parece conocer perfectamente como sienten las mujeres... un 20!

    ResponderEliminar