1 jun 2011

Pacto de amor


“¡Bueno! ¡Ya está bueno Andrea! ¡Concéntrate, que no eres cualquier invitada en esta boda! Pensaba ella, en un intento de mantener la calma. Minutos antes, en una capilla arrinconada y en desuso, Román había poseído su cuerpo como jamás lo habían hecho. Ella, toda arreglada, maquillada y convertida en princesa ese día para que él viniera a tratarla como una perra…y que a ella le gustara. Así no lo planeó.

“Queridos hermanos: estamos aquí junto al altar, para que Dios garantice con su gracia vuestra voluntad de contraer Matrimonio ante el Ministro de la Iglesia y la comunidad cristiana ahora reunida…”

Comenzó el ritual del santo sacramento del matrimonio, donde se une un amor eterno y puro. Pero Andrea no podía sino pensar en carne, sudor, lascivia. La que había vivido allá, arrinconada entre bancos viejos, polvorientos y unas pocas imágenes católicas desteñidas por los siglos. Allá se veía la novia, toda de blanco, inmaculada, radiante. Mientras de la frente de Andrea caía una insolente gota de sudor. Sus pensamientos no le permitían concentrarse. “¡Dios mío! ¡Permíteme pensar en otra cosa!”, todo su pequeño y delgado cuerpo de 1,65 mts. estaba en esa húmeda capilla. Ella pensaba que todos se daban cuenta de que su pecho estaba inflado de lujuria. Pero la verdad era que no, nadie veía sus pulmones exhalando placer, así como nadie podía ver el rostro de la novia debajo del velo. A ciencia cierta, nadie sabía si ahí había seguridad o temor.

“¿Venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente? Sí, venimos libremente. ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del Matrimonio, durante toda la vida? Sí, estamos decididos. ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?  Sí, estamos dispuestos…”.

“Pero qué atrevido es Román. Qué patán. Y yo que me dejé. ¡Ay!, pero cómo no dejarse si es tan sexy. Ese cuerpo perfecto que tiene, esos brazos definidos, esa sombra de barba que tanto me mata. Esos ojos ámbar que me hipnotizan. Unas canas que se asoman en su cabellera. Esa sonrisa malévola…”. Él lo sabía, había tenido a Andrea derretida desde el día que se conocieron. No tenía la seguridad si después de ese día volvería a verla, así que decidió dar el primer –y tal vez último- paso. Sabía que ella tendría que llegar más temprano a la Iglesia, así que un mensaje de texto oportuno y mientras caminaba por el pasillo externo de la nave principal, un jalón de su brazo la llevó dentro de esa capilla y vio cómo este hombre de ensueño cerraba la puerta y atravesaba un viejo banco delante de ella.

“Pero ¿qué haces Román? ¿Te volviste loco?”, le susurró Andrea. Rápidamente él se abalanzó sobre ella y cerró sus labios con un beso breve. “Vas a ser mía Andrea. Sé que mañana te vas del país. Lo sé. Tienes que ser mía. ¡Tienes que ser mía antes de irte para siempre!”. Román volvió a besarla. Andrea no pronunció ni una palabra más, sabía que tenía poco tiempo y sabía también que, aunque no debía estar ahí sino ocupándose de los preparativos de la boda, lo quería. Quería entregarse a él. Subió su rostro y le entregó primero su cuello. Él lo recorrió con su lengua. Lo besó. Lo abrazó con sus labios. Luego bajó el cierre trasero de su vestido y puso las manos de Román en el borde del escote. Él jaló con desespero el corsé y junto a él cayó el resto de su vestimenta. Ahí estaba la fantasía sempiterna de noches solitarias: Andrea. De piel cremosa, de chispas de chocolate, de contextura delicada, de senos perfectos, de sonrisa altiva, de ojos nocturnos, de cabellera caudalosa, de cabellera sin curvas. El brillo ocre del atardecer que chocó en su dentadura perfecta y un leve susurro: “¿y qué esperas? Hazme tuya. Hazme tuya, ya”. Y Román se abalanzó sobre ella. La alzó por sus nalgas y la cargó. Ella lo abrazó con sus piernas y sintió su espalda chocar contra la pared…

“…así, pues, ya que queréis contraer santo matrimonio, unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento ante Dios y su Iglesia. Yo te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida…”. Se repetían los novios llenos de amor y esperanza.

…Las manos de Andrea descendieron con precisión logró bajar la cremallera de Román. Liberó su pene y de solo tocarlo jadeó. Mientras, él tocaba sus senos y lamía, besaba y mordía cada una de sus pecas, sus pezones fueron presa fácil de su hambre. Luego bajó otra mano y empezó a masturbarla. Su humedad la recibió gustosamente y un millón de gemidos por segundo eran muteados inmediatamente por sus labios cerrados. Otro susurro de esos que mataban a Román: “Hazme tuya Román. Te dije que me hicieras tuya ¡ya! Penétrame. Hazme tuya”. Él se incorporó, la alzó levemente por sus nalgas nuevamente y la bajó. La penetración fue directa y profunda. Ambos gimieron y como en un espejo, una misma gota de sudor bajaba de sus frentes…

“El Señor confirme con su bondad este consentimiento vuestro que habéis manifestado ente la Iglesia y os otorgue su copiosa bendición. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre…”

Como una estrella fugaz que surca el cielo, breves segundos separaron a Andrea y Román del placer. Pero duraría una eternidad. Millones de gemidos, respiraciones, mordiscos, penetraciones violentas, desesperadas. Ojos cerrados. Uñas clavadas. Piel rugosa contra tez delicada. Humedad. Choque de pieles. Sudor cayendo. Eyaculación. Exhalación. Latidos rápidos e imperceptibles. Miradas cruzadas. “Eres mía. Ya no importa lo que pase mañana. Eres mía”. Esas palabras harían eco eterno en esa mente que hasta ese día parecía ser anecoica. Era de él.

“Ya está bueno Andrea. Sí, lo hiciste, te entregaste a él. Pero ahora tienes que concentrarte. Eso fue hace dos horas. Ahora, es la hora de la boda”.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que la Virgen los acompañe siempre. Ahora los declaro marido y mujer. Los novios pueden besarse…”

Ahí estaba Andrea, detrás del velo. Descubierto ahora por su esposo. Notó que estaba sonrosada, pero supuso que era la felicidad de casarse finalmente. La besó con pasión y ternura y ella correspondió su beso. Y mientras sus labios pactaban amor eterno, de reojo vio allá sentado en la primera fila a Román. Su sonrisa tenía un doble motivo: la había poseído horas antes, pero además era el orgulloso suegro, porque sabía la clase de mujer con la que se estaba casando su hijo.

2 comentarios:

  1. (Inserte mandíbula en la mesa, celular cayendo de mis manos, carita roja, tembladera y ataque de risa) eso me pasó ayer cuando lo lei... Pero definitivamente en la computadora los efectos son totalmente diferentes... TE FUISTE

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