25 may 2011

Ya no soy tuyo

Un día de ajetreo interminable. Una corbata que me ahorcaba. Mucho calor. Mucho cansancio. Una cola interminable para volver a casa. El carro que decide suspenderme el beneficio del aire acondicionado. La radio que no pasa nada bueno. El celular que sigue sonando con llamadas de la oficina. Me escapé antes de tiempo de la reunión. Debía volver rápidamente a casa para finiquitar ese asunto, aunque ya mi hora de salida había pasado. Tenía la ingenua ilusión de que mi día iba a terminar apenas mi pie descalzo pisara la fría cerámica de mi casa. Nada más alejado de la realidad. A las 9 de la noche, hora a la que llegué a mi hogar, apenas iba a comenzar mi día.
Siempre tengo la costumbre de quitarme los zapatos y las medias apenas llego a la casa. Sentir el frío del piso me relajaba y me hacía aliviar la tensión sobre mis hombros. Pero ese día, la tensión volvió de inmediato a mis músculos apenas alcé la mirada: ahí estaba Patricia, en ropa interior negra de encaje, apoyada contra la columna central de la sala y con los brazos alzados, esposada y amarrada a algún gancho que se asomaba en la parte alta de esa columna y que me estaba enterando que estaba ahí. No tengo ni idea cómo habrá hecho ella para amarrarse sola, ni cómo preparó esa sorpresa para mí. Sinceramente, en ese día patético lo último que yo deseaba era verla cuando llegara. De hecho quería irme directo a mi cama a descansar. Pero esa visión, muy a pesar de mi falta de disposición, me hizo reconsiderarlo. El vacío en mi estómago y la tensión en mi pene también apoyaron la moción.
-          ¿Qué pasó mi amor? ¿Y esa cara de pánico? ¿No te gusta lo que ves? – me lanzó Patricia con voz seductora.
-          Claro que me gusta, pero tú no haces este tipo de cosas nunca. Y te ves tan…tan…divina.
-          Solo quise darle una sorpresa a mi esposo. Se lo merecía.
Lo que más me excitó fue el hecho de poder hacerle a Patricia lo que yo quisiera, sin restricción alguna. Así fue. Me le acerqué y la apreté contra la columna. Empecé a manosearla toscamente por todo su cuerpo. Su blanco y delgado cuerpo. No la estaba acariciando, ni tocando siquiera, la estaba manoseando en toda la amplitud de la palabra. Como un violador desesperado por desgarrar a su víctima. Apretaba sus nalgas mientras la empujaba contra mí, luego apretaba sus tetas por encima de su sostén. Sus tetas firmes, que aunque operadas, parecían las más naturales del mundo. Sus labios me buscaron y yo le respondí, pero empujé su rostro hacia la pared haciendo que se lastimara. Mi lengua recorrió cada esquina de su boca sin miramientos. La oía gemir sin parar. “¡Qué caliente estás papi! Poséeme, así, como nunca lo has hecho”, susurró ella.
Rompí su ropa interior y desnudé su piel para mí. Entre lamidas y mordiscos empecé a recorrer su figura, empezando por su cuello. Ella alzó la cabeza hacia el cielo, abriendo la boca para inhalar más aire y lanzando un grito ahogado de placer. Llegué a sus senos, los lamía, los mordía, los apretaba con mis manos, lastimaba sus pezones. Ella gozaba. Seguí descendiendo por su abdomen, su cintura, sus caderas. La volteé para dejar sus nalgas ante mis ojos, me agaché y seguí alternando mordisco y lamidas. Abrí sus nalgas y empecé a lamer su culo. Ella gemía cada vez más fuerte, cada vez más acelerada. Apreté su espalda para que se inclinara y me agaché más. Ahí estaba su rosada vagina, bañada en néctar de placer. La abrí con mis dedos, admiré sus labios carnosos. “Cómemela, cómetela toda”, jadeó mi esposa. Yo me lancé sobre ella y empecé a succionar su clítoris. Le dolía, pero no se oponía. Sentía que esa noche ella sabía a gloria, a dulce, a eternidad. Me paré y le metí dos dedos mientras le besaba el cuello y con mi otra mano jugaba con sus pezones. Ella soltó un gemido seco y corto. Respiraba entrecortadamente.
Mientras hacía eso miré hacia arriba y noté que la cuerda que sostenía sus brazos en alto tenía un mecanismo que permitía aflojarla. Saqué mis dedos de ella, ahora empapados. Me desnudé yo también por completo. Ella volteó y al verme se mordió los labios. Solté el mecanismo y le ordené que se arrodillara. Coloqué mi pene duro y excitado frente a su cara. Ella puso cara de repugnancia y volteó ligeramente. “Estás todo sudado, te huele mal, deberías ir a bañarte primero”, dijo mientras me empujaba por mis muslos. Le propiné una cachetada, la agarré por la mandíbula y le grité que abriera la boca. Ella me miró por primera vez en ocho años con cara de sumisión y apenas entreabrió sus labios le penetré su boca. Su cara de asco no cambió, pero siguió viéndome mientras se comía mi pene. Poco a poco fue disfrutándome. Me lamía de arriba abajo, las bolas, me masturbaba rápidamente. Se lo metía todo en la boca y me veía fijamente, se estaba entregando por completo a mí.
Activé nuevamente el mecanismo y se paró. Esta vez lo apreté más que al principio de manera que sus brazos quedaron completamente extendidos. Soltó un pequeño gemido de dolor, sus manos se apretaron contra la pared y sus muñecas se lastimaron con las esposas. Patricia no apartaba su mirada de mis ojos, pero esta vez no era ella la que dominaba la situación. Con sus ojos azabache ella se estaba entregando por completo a mi voluntad. Y cuando me acerqué para hacerla mía, se apoyó de su atadura, alzó las piernas y con una habilidad impresionante aterrizó en mi pene. Sus nalgas en mis manos. La penetré sin pausa hasta el fondo. Ella volvió a gritar de placer y comencé a embestirla sin compasión. Se acercó a mi oído: “me duele, hoy lo tienes más grande que nunca”. Eso me estimuló mucho más y empecé a cogérmela más fuerte. Lo sacaba y lo metía todo, estaba tan húmeda que sentía cómo sus jugos empezaban a bajar por mis muslos. “Ahora te va a doler más, para que sepas quién manda”. No sé cuánto tiempo pasó, pero para mí fue una eternidad. Una eternidad que desembocó en dos orgasmos simultáneos. Ella que dejaba escapar sus fluidos sobre mis piernas y yo que le llenaba por completo su interior de todo mi deseo. De todo mi ser.
Solté el mecanismo y nos dejamos caer sobre la gélida cerámica de nuestra sala. Pero el amanecer no nos encontraría así. Yo partí antes de que saliera el sol. Ya tenía todo listo para eso. Puedo imaginar perfectamente la escena: Ella despertó a media mañana. Me busco por toda la casa. Habrá pronunciado mi nombre unas tres veces, hasta que finalmente habrá visto el sobre ahí, a pocos centímetros de ella. Una nota por fuera: “Me imaginé que harías algo así para evitar que me fuera. Anoche solo quise demostrarte que tú eres mía, aunque decidas entregarte a otro hombre. Pero yo ya no soy tuyo, tú me perdiste. Adentro encontrarás los papeles del divorcio. Yo estaré en mi apartamento nuevo”. Habrá apretado el sobre con frustración. No sé si habrá llorado. Yo sí lloré.

2 comentarios:

  1. hello que mas, no habia tenido oportunidad de leer tus publicaciones, la verdad odell me lo recomendo, que tal,en fin esta última está excelente, no se las anteriores. El final esta muy bueno totalmente inesperado jajajajajjaja saludossss

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